| Excusatio non petita |
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| Opinión | |
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Bost (IzaroNews) En el acto de homenaje a las víctimas de ETA del próximo domingo en el Euskalduna se leerán varios manifiestos. Uno de ellos, a cargo de Manuela Orantos, vicepresidenta de la Asociación Extremeña de Víctimas del Terrorismo y viuda del guardia civil Avelino Palma Brida, asesinado en Agurain el 4 de octubre de 1980. Nunca olvidaré sus gritos mientras le mataban..... El hombre estaba aterrorizado. Veía su muerte. Fue consciente de que lo mataban.Sus súplicas de nada le sirvieron. Cuando me acerqué a él, segundos después de que recibiera decenas de disparos, aún agonizaba con los ojos abiertos como pidiendo un soplo del aire que le faltaba. Era la vida que se le escapaba a borbotones. Aquella tarde de sábado, y según el fiscal Ignacio Gordillo de la Sección Tercera de lo Penal la Audiencia Nacional, ...“Ignacio Arakama Mendia, “Makario”, José Lorenzo Aiestaran Legorburu “Fanecas”, Félix Alberto Lopez de Lacalle “Mobutu”, José Manuel Ariztimuño Mendizabal “Pana”, Miguel Lopetegi Larrarte y Ascensión Maria Urriate Riallos “Txiki-Txiki”, decidieron dar muerte a los guardias civiles que iban a dar protección y ordenar el tráfico con motivo de una carrera ciclista infantil que iba a tener lugar en Salvatierra”. Siempre siguiendo el relato del fiscal en el juicio “Arakama se quedó dentro del coche Simca 12200 que habían robado en Vitoria dos días antes a punta de pistola. Lopetegi cubrió la acción con una metralleta Uzi. Ariztimuno dio muerte al Cabo Primero Vazquez Platas, Aiestaran hizo lo propio con el Guardia Civil Avelino Palma Brida y Lopez de Lacalle mató al otro guardia, Angel Prado Mella”. Si la realidad fue así o no, trascurridos 27 años puede que para algunos no tenga importancia. Los que vivimos en directo el terrible asesinato, a sangre fría, con alevosía, premeditación y todo lo que quieran poner que será poco, de aquellos desdichados, a un metro de distancia, algo podríamos decir. Nadie nos preguntó en aquel juicio. Su muerte se produjo a causa de anemia por hemorragia aguda, explosión cardiaca y lesión encefálica. Cuando el Simca que Iñaki conducía se alejó hacia Opakua, el primer ciclista en llegar a los moribundos fue quien suscribe. Traté de incorporar a uno de ellos que me miraba mientras de su cuello brotaba, de cuatro agujeros de bala perfectamente visibles, abundante sangre. Su mirada, a un adolescente de 16 años que uno era entonces, la grabo a fuego en mi memoria. Puse mis manos en sus brazos tratando de incorporarle en un gesto tan desesperado como inútil. Las asistencias se llevaron a Hedilberto Gorospe, el director de la prueba, herido de un balazo en un dedo. Daños colaterales. Uno de los tres muertos quedó tendido junto al coche de mi equipo, que estaba situado a la par del conjunto “Caravanas Hergo”, donde corrían los hermanos Martínez de Gereñu, uno de los cuales, Fernando, llegó a ser profesional. El futuro Campeón de España de Fondo en Carretera, el zuyano Juan Carlos González Salvador, hermano del médico de ciclistas Eduardo, que estaba un poco alejado calentando antes de que se diera la salida que nunca se pudo dar, me preguntó: ¿Qué ha pasado aquí?. Quiso el azar que apenas unos segundos antes de que el Comando “Araba” hiciese su aparición dentro del coche, y se apearan para acribillar a balazos a los asesinados, mi bicicleta sufriera una avería mecánica. Las motos Sanglas 400 de los guardias estaban junto al coche de mi equipo y paré, por tanto, junto a ellos para arreglar el desviador de la catalina. Esa fue mi única protección ante los disparos, y la de mis directores accidentales de aquel día, Juan Ramón Atxa Arza y Rafa Uriarte Goikoetxea. Puesto que también quiso el azar que quien había de dirigirnos aquella jornada, el hoy Lehendakari Ibarretxe, no pudo acudir. Aquel interminable minuto y medio de disparos detuvo el tiempo de mi vida. Pam, Pam, Pam Pam…uno a uno, los tiros resonaban mientras ellos, los guardias, no paraban de gritar. Pude ver a uno de ellos intentando sacar de su cartuchera de cuero la pistola, pero no le dio tiempo. Al acabar su “ekintza” dos de los activistas fueron rematándoles en el suelo con tiros a corta distancia, en la cabeza, y tras quitarles su armas, el panadero de Abetxuko, de ahí su alias de “Pana”, por entonces novio de Sole Iparragirre Guenetxea “Anboto”, se la guardó entre su camisa a cuadros y el pantalón vaquero que vestía aquella tarde a las cuatro menos diez. A Ariztimuño lo acribillaron a tiros semanas después en el Parque de la Florida sin darle, igualmente, tiempo a defenderse. Otro de los miembros de aquel comando murió también, asesinado, por las fuerzas de ocupación. Cruel sino. Quien a hierro mata, a hierro muere. Sus correajes, los cascos blancos, las camisas verdes manchas de sangre roja que al contacto con la ropa se vuelve más bien negruzca y no tan roja permanecen en la memoria de todos los que vivimos aquellos hechos. “Makario” solo nombró en el juicio a Lopetegi y Ariztimuño, ambos asesinados, como homenaje a su militancia, según declaró. Todo un ex ministro de Educación en Irlanda del Norte, Martin Mc Guinness, al ser interrogado en 2003 sobre actividades ocurridas en 1972 en el Bloody Sunday ó Domingo Sangriento, se negó a declarar ante el Juez Lord Mark Saville, en Derry, aduciendo que prefería “morir, antes que traicionar el código de honor y delatar a miembros del IRA”. Otra de las viudas, la del cabo Vázquez Platas, Gema López Quintanal, dijo textualmente en el juicio que la carrera ciclista en la cual se produjo el atentado “tenía que haber salido a las tres de la tarde, y se retrasó cincuenta minutos. Los agentes no sabían el lugar de inicio y el cura, la alcaldesa y el director de la Vuelta les entretuvieron hasta que llegó el coche de los asesinos”. Lean bien el anterior párrafo, porque fue exactamente lo que dijo. Alucinante la inexactitud puesta en boca del odio visceral que transmite la víctima generalizando a todo lo vasco. No fue así, en absoluto. La viuda, dijo aún más: que la gente del pueblo gritaba que “quedaba uno vivo”. Su marido, efectivamente, cuando le hirieron primeramente en un brazo intentó parapetarse tras el coche de mi equipo pero ante la incesante carga de balas nada pudo hacer. Allí nadie gritaba, si no era de puro pánico. “La gente del pueblo bailó encima de los cadáveres porque querían que siguieran las fiestas”, señaló la viuda. Torpedo de calado profundo directo a la línea de flotación de la España profunda. Allí no se movió nadie hasta que llegaron primero los Miñones y luego la propia Guardia Civil. La Ertzaintza aún no estaba desplegada. Un helicóptero sobrevoló Agurain y se dirigió hacia donde habían huido los miembros de ETA. A los únicos que dejaron salir del pueblo, horas después, fue a nosotros, a los ciclistas, aún vestidos de ciclistas pues la prueba, por supuesto, se suspendió en el acto. Arakama señaló que el ex sacerdote Arrieta no les señaló ningún camino puesto que “los datos aparecían en el programa de fiestas, en los medios de comunicación y en los calendarios de la Federación de Ciclismo, y el gentío y la propia organización indicaron donde era la prueba”. Ojalá que el discurso de otra de las viudas de aquel salvaje atentado se ajuste más a la realidad y no esté tan cargado de odio. Los que dispararon sus pistolas fueron los únicos culpables de aquella acción. Nadie más. Ningún Pueblo Vasco, ni ninguna Sociedad vasca, en plural, debe pedir perdón por algo que no ha cometido. Un viejo aforismo latino reza que la excusa no pedida es una acusación manifiesta. Que se pidan perdón mutuamente entre ellos, entre los partícipes de las acciones armadas respectivas. Pero que no nos mezclen a quienes nada tuvimos, ni tenemos ni tendremos, que ver con la vileza, venga esta de donde venga. |
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