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El PNV dieciocho pasos atrás; un artículo de Antón Corpas
inSurGente.- “(…) El PNV está harto de un proceso en el que pasa por ser un tercero en discordia frente al protagonismo de Gobierno-PSOE y Batasuna, y en el que aquello que rentabiliza electoralmente termina por diluirse social, política y mediaticamente. Cuanto mas se extiende en el tiempo la ilegalización, mayor protagonismo adquiere la izquierda abertzale civil, y es a ella y no a ETA a quien teme el PNV. Cuando Imaz niega la condición política de ETA, en realidad, trata de negar la relevancia política de la disidencia independentista.(…)”.
El PNV dieciocho pasos atrás
Antón Corpas
«Estamos hartos del tema y de que todo el mundo esté pendiente de Argel» Xabier Arzalluz, 1989
A su manera, esta frase de Arzalluz es la que ha repetido Josu Jon Imaz con la propuesta de Nuevo Pacto Antiterrorista acompañada de una mediación entre Rajoy y Zapatero. Ya en el Aberri Eguna el Euskadi Buru Batzar hacia oficial su giro a estribor, afirmando que ETA «no es un fruto del conflicto político» y recuperando una parte del discurso de la derecha española al condicionar cualquier diálogo al «abandono definitivo de las armas». He leído varias veces estos días que «Imaz sabe mucho de esto» o que «Imaz sabe de lo que habla», y es por eso mismo consciente de que, en la práctica, esta huida hacia delante en forma de dieciocho pasos atrás, es un boicot a lo que quede vivo del proceso de diálogo, un boicot equivalente al que llevó a cabo su partido durante las negociaciones de 1989 en Argel. La propuesta de Imaz establece cinco puntos fundamentales: «un acuerdo entre partidos sobre la condena del terrorismo; el apoyo a los mecanismos policiales; la solidaridad y apoyo a las víctimas sin utilizaciones partidistas; la deslegitimación social del discurso del terrorismo negándole motivaciones políticas y la aplicación de los mecanismos del Estado de derecho sin políticas de excepción» (El País, 13/05/2007). Realmente, los puntos sustanciales del Pacto Imaz serían los dos últimos. Abandonar la posibilidad de un fin negociado del conflicto armado —un retroceso incluso respecto a la letra de Ajuria Enea— y legalizar paulatinamente a Batasuna. Se trata, a priori, de dar un salto en el tiempo, disolver definitivamente la repolitización del PNV en torno al discurso soberanista, volver a su carácter institucional, y recuperar consenso de los 90 de la división entre «violentos y no violentos». No es casual que la propuesta, que trata de ajustar la realidad presente al esquema y el papel mojado del Pacto de Ajuria Enea, llegue en un momento en que, pese al «Guantánamo electoral» (Conde-Pumpido), ANV puede recuperar para la izquierda abertzale una parte de los Ayuntamientos perdidos en esta etapa de estado de excepción. El PNV está harto de un proceso en el que pasa por ser un tercero en discordia frente al protagonismo de Gobierno-PSOE y Batasuna, y en el que aquello que rentabiliza electoralmente termina por diluirse social, política y mediaticamente. Cuanto mas se extiende en el tiempo la ilegalización, mayor protagonismo adquiere la izquierda abertzale civil, y es a ella y no a ETA a quien teme el PNV. Cuando Imaz niega la condición política de ETA, en realidad, trata de negar la relevancia política de la disidencia independentista. El PNV ha vuelto paulatinamente al lugar de quienes pueden, fácilmente, amortizar mucho mejor la persistencia de ETA que el abandono negociado de las armas. No sabemos hasta que punto le interesa a los de Imaz la vuelta a las instituciones de Batasuna —y este es, obviamente, el elemento prescindible y negociable de su propuesta—, pero si está claro que la continuidad de ETA supone que la izquierda abertzale, como mínimo, mantendrá su suelo pero no romperá su techo social y político, lo que aporta una dosis de tranquilidad a aparato peneuvista. Por otra parte, una legalización sin un final de ETA y sin una resolución del conflicto político, después de pasar el túnel del estado de excepción, también podría provocar divisiones en la izquierda abertzale de las que el PNV puede albergar esperanzas de beneficiarse. Al fin, lo que plantea Imaz es la vuelta al movimiento estático de los 90, donde sonaban las armas, se llenaban las cárceles y se practicaba la tortura, pero donde cada pieza estaba en su lugar. Es el escenario clave para que la banda jeltzale vuelva a ser el único interlocutor con el gobierno central —y de ahí, también, la recuperación de la opción autonomista—, se erija otra vez como arbitro interno en la Comunidad Autónoma Vasca y, en definitiva, la izquierda abertzale se mantenga dentro de sus límites históricos sin delimitar un proyecto político alternativo al de la derecha nacionalista vasca. Con ETA, realmente, no se vive ni se vivirá tan mal, verdad ¿señor Imaz?.
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